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Hay películas que son como un vendaval de cine. Cuyo ritmo es tan trepidante y sus estímulos tan permanentes que te shockean. Si a ello le sumamos una historia interesante y una interpretación principal tan memorable como la de DiCaprio en ‘El lobo de Wall Street’, estamos seguro ante una de las películas comerciales más impactantes de los últimos tiempos.

Pongámonos en situación: La última cinta de Martin Scorssese narra la vida de Jordan Belfort, un corredor de bolsa al que la ambición cegó y cuyas peripecias –que se pueden resumir en dinero, sexo y drogas- bien dieron para una película de tres horas.

La voz en off en primera persona es ya una declaración de intenciones: el protagonista cuenta orgulloso su hazaña. La película no se corta, es totalmente explícita y hace de la falta de límites su bandera, tanto a nivel argumental como técnico. Aunque en ocasiones resulta excesiva, el conjunto funciona y nos regala varias escenas de esas que se quedan en la retina para siempre. Permítanme un spoiler sin demasiada importancia: el momento en que a Leo empiezan a pegarle unas pastillas caducadas está a un nivel interpretativo sublime y es de lo más hilarante que se haya podido ver en un sala de cine. Sala que se rinde, escena a escena, a un maestro que no reunía tantos aplausos desde hace ya mucho tiempo.

El problema es mirar hacia atrás y acordarse de algún clásico del director, mucho más equilibrado y armónico en mi opinión. Pensar que en ocasiones a DiCaprio se le notan demasiado sus ganas de llevarse el Oscar –mi logopeda se cabrearía mucho si lo viese, ¡menuda forma de forzar la garganta al dar los discursos a sus subalternos!- y que en ocasiones, todo suceda demasiado rápido. Además de una cuestión de gustos, es una cuestión de expectativas, y es que en este film Scorssese parece haberse convertido en 'Baz' Luhrmann.

No obstante, ‘El lobo de Wall Street’ elige el enfoque adecuado para hablar del exceso y resultar excesiva, sabiendo en todo momento el objetivo que tiene y consiguiendo que el cine flipe y ría a partes iguales. Todo con un protagonista en estado de gracia y unos secundarios magníficos (especialmente  Matthew McConaughey) que nos muestran el gran juego que fue su vida.