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La propuesta es tan sencilla como punzante: la trabajadora de una fábrica de placas solares debe convencer, uno a uno, a sus catorce colegas de planta para que voten a su favor y pueda conservar su puesto, a cambio de hacerles perder una paga extra de mil euros. Ésa es, a mi entender, la clave de las mejores propuestas narrativas: plantean un dilema moral, plantean que uno se pregunte: ¿Qué haría yo en una situación así? Porque, no nos engañemos, no todos en la sala somos almas cándidas y más de un o una bocachancla se inflaría la boca hablando de derechos sociales y laborales pero acabaría votando a favor de conservar los mil euros.

La salida de los trabajadores de la fábrica Lumière (1895)

Considerado el primer corto documental de la historia del cine, los hermanos Lumière se reencarnan en los Dardenne para continuar la herencia legada por los primeros. El cine de los hermanos Dardenne puede clasificarse como un mosaico de piezas con ligeros matices, que funcionan como frescos aislados pero cuyo conjunto, alejando la mirada, ofrece una composición global muy nítida y llena de gran pulso y fortaleza. Debe ser lo que llaman el “universo” de una autoría. Es un cine de tesis, comprometido con la realidad más “real”, nada de costumbrismo de postal ni buenrollismo posmoderno. Un cine heredero de la literatura naturalista del siglo XIX, donde se manipula la realidad (todo relato es una construcción) para ofrecerla con toda su complejidad bajo forma de puñetazo en el estómago, de revulsivo catalizador donde el fin no es otro que diseccionar con un afilado bisturí los límites del alma humana, con todas sus bondades y sus maldades. Un cine, aunque sea presuntuoso decirlo, necesario, en tanto en cuanto extirpa sin anestesia un quiste ya infectado, y no es otro que la falta, cada vez mayor, de conciencia social en la oferta actual de narrativa audiovisual.

Ninguna de sus películas huye de ese tono documental, pero la imagen trasciende en su caso, y deviene poesía. “Me gustaría estar en el lugar del pájaro que canta ahí arriba”, dice de repente la protagonista en un momento dado, hablando con su marido en un parque. Momentos como éste bien valen toda una película. Si además, uno suma el sobrecogedor trabajo de Marion Cotillard, la forma en que encarna la devastación emocional de su personaje, el espíritu épico con el que intenta superar una depresión que no deja de acechar alrededor ni termina de diluirse (ojo a la escena con la cajetilla de Xanax), el cóctel es majestuosamente redentor. La hoja de ruta que lo conducirá todo está servida desde una de las primeras escenas, en boca de su marido: “La única forma de que dejes de llorar es luchar por conservar tu trabajo”.

Tras los Dardenne, Ken Loach, el primer Paul Schrader, Fernando León, Costa-Gavras y muchos más, el eslogan está claro: cine activista, hay que decirlo más.