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Un año después de hacerse con la Palma de Oro en Cannes 2013, y casi medio año desde su estreno en España, La vida de Adèle sigue dando carnaza (figuradamente, eh) para estimular la polémica. Y a estas alturas, que una película levante la polémica, no tanto por tratar el despertar lésbico de una joven de clase media, sino por sus tórridas escenas de sexo explícito, es grave. Por otro lado, por favor, revisemos Soñadores y luego hablaremos del buen gusto, y no de Adèle. Pero no nos desviemos.

(Contiene spoilers)

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En estos días, en que parece que las miradas en el cine español están todas puestas en la ¿nueva? comedia española, sorprende que directores como Ramón Salazar se embarquen en proyectos tan personales como 10.000 noches en ninguna parte. Una película que aunque a muchos les puede apestar a gafapastismo, es una propuesta fresca y magníficamente interpretada que está lejos de dejar frío al espectador.

La historia se desarrolla en tres escenarios, Madrid, Berlín y París, y trata sobre la vida de un joven que se ve obligado a cuidar a su madre alcohólica junto con su hermana, a pesar de que ninguno quiere hacerse cargo de ella a raíz de un oscuro pasado. En las otras dos tramas, el protagonista se embarca en una aventura infantil en París y en la vida bohemia de Berlín junto con un peculiar trío.

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Dicen que las relaciones a distancia no funcionan, que tarde o temprano todo se vuelve del revés. También dicen que al final siempre llega un momento en el que alguno de los dos se pone la capa sobre sus hombros cual superhéroe y, armándose de valor, decide lanzarse al vacío para salvar la pareja.

En primer lugar, decir que nunca he vivido nada por el estilo, así que todo va a ser hablar por hablar. Pero bueno… voy a hacer un ejercicio de imaginación extrema porque, amigas y amigos, ¿quién de nosotros no conoce ningún caso de pareja que convive separada por cientos o miles de kilómetros? O tal vez lo estáis viviendo ahora mismo…

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Descubrí a Antonio Vega con su Básico del 2002. Yo era un imberbe que musicalmente zozobraba entre el cancionero de Manolo García, el rock de Calamaro y el dance "valenciano". Un puro despropósito por el que se colaron los versos de San Antonio, un inédito que se incluyó en ese directo. Si digo que palpé un halo de tristeza que encajó perfectamente con el vacío existencial que me auto-infringía por aquel entonces, habré metido la palabra “tristeza” a la quinta línea de un texto sobre Antonio Vega, el detector de tópicos explotaría y tendría que repetir 2º de Blogger.  Luego llegó su Escapadas, ya con Marga fallecida. Versiones tocadas por Antonio que convirtieron el Como hablar de Amaral en un ente superior. Hasta que un día me topé con Lucha de gigantes y me voló la cabeza, haciéndome subir al barco de Antonio Vega para el resto de mi vida.