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Estamos en una época oscura y siniestra en la que llegar a fin de mes se convierte en una auténtica película de terror. Economizar se convierte en una prioridad indispensable, y aún diría más: necesaria. Pero eso no quita que dejes de viajar por la península. Compartiendo coche puedes ahorrarte un buen dinero que a largo plazo agradecerás más que el fin de gira definitivo de Izal

Así que vamos para allá Ulises. Cógete libreta y boli y apúntate estos superconsejitos del día:

1.  Amovens o Blablacar.

Depende de la urgencia que tengas en el viaje. Con Amovens te ahorras gastos de gestión, que parece una tontería pero no lo es. Blablacar te puede llegar a cobrar casi 3€ de gestión.

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Pídeme que cuente los segundos que tarda tu piel en erizarse cada vez que paseo mis besos por tu cuello, pídeme que te mire mientras te duchas y escriba sobre tu cuerpo.
 
Pídeme que te acompañe a por el pan o a la parte de atrás de un coche, que te coja de la mano en la calle o que me deje coger de los huevos en tu cama.
 
 
Pídeme que muerda tu tanga hasta que te lo arranque por las noches mientras masajeas mi cabello; pídeme la postura que quieras, estamparte contra la pared y que tus pechos desnudos enjuaguen el sudor de mi frente.
 
Pídeme que me arranque por bulerías a cualquier hora.

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Cuando eres pequeño, normalmente adoptas las creencias (o las no creencias) y hábitos de tus padres. No es hasta la adolescencia cuando empiezas a desarrollar tus propios pensamientos, tus propias ideas y tus propias decisiones. Te quedas con la religión con la que has crecido, te vuelves ateo, o te conviertes a una fe que encaja más con tu personalidad, y dejas de ser católico para ser benevoliano del quinto planeta, o directioner, o chenoísta. Del directionismo ya si eso hablaremos otro día, cuando se me pase el disgusto del abandono de Zayn. Hoy el tema que nos ocupa es el chenoísmo. Tú no lo sabes, pero llevas formando parte de esta religión catorce añazos ya. Ojo ahí. El chenoísmo es una creencia sacrificada, muy del drama y del sufrir, pero que se ve recompensada cada vez que la diosa suprema aparece en tus altavoces, en tu televisión o en tu proyector de cine si te has puesto por decimoquinta vez el dvd de ‘OT: la película’ que encontraste de oferta un día en el Alcampo y te hizo inmensamente feliz. Haces constantes referencias a ella, a sus canciones, y te emocionas cada vez que alguien las hace, porque si encuentras a otro chenoísta sabes que eso es amistad verdadera ya para siempre jamás.

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De antemano disculpo al lector que pueda sentirse engañado por este artículo. No trato de relatar hechos reales ni ficticios, ni contar ningún relato de hecho. No está, ni deja de estar, basado en hechos reales ni pretendo vanagloriar las hazañas o desfachateces de nadie. Se trata de una reflexión. Una reflexión sobre un tema concreto, pero tan variado y difuso a la vez, como complicado parece concretar nada sobre ello. Y es que los amigos nocturnos es tan sólo un término inventado. No tienen por qué ser amigos ni por qué ser nocturnos, sin embargo son dos conceptos que bien pueden servir para definir el tema que vamos a tratar. O al menos, para intentarlo.

Los amigos nocturnos son muchas personas y ninguna a la vez. Son más recuerdos, momentos, sensaciones, nombres o motes, que personas. Los amigos nocturnos son aquellos que se crean y se destruyen, se forman y se deforman en momentos puntuales de tu vida. Se dice que son nocturnos, pero no “necesariamente” a la noche pertenecen. Si bien es cierto que la noche es la referencia más clara y que probablemente sea cuando más se crean estas peculiares relaciones. Los amigos nocturnos son aquellas personas que pasan a tu alrededor y, sin saber muy bien o por ciencia infusa, algún hecho sucede que te convierte en parte inseparable de esa (o esas) persona.