Cuando no quieres enamorarte y todo se va a la mierda

Escrito por Carla Sifer
Categoría: Todo lo Demás Publicado: Miércoles, 25 Marzo 2015

Cuando las cosas te salen al revés. Esas etapas en las que las leyes de Murphy se adueñan de los acontecimientos de tu vida. Te adviertes a ti mismo sobre los errores del pasado, como si pudieras controlar el futuro de alguna manera. Disfrutas de la soledad y aparece alguien que te rompe los esquemas. Cuando no quieres enamorarte y se va todo a la mierda.

Todas estas cosas no me han pasado una vez o dos, me pasan siempre y supongo que seguirán sucediendo hasta que Dios me chive el plan secreto que me tiene guardado para esta vida. Las catástrofes amorosas son trending topic en mi historia. Puede que vea sentimientos donde no los haya, quizás sea una mártir, pero el día que todo me salga bien será acojonante.

Vivía en Barcelona y la verdad que estaba en una época rara. Me había quedado sin curro hacía unos meses y estaba jodida. Había conseguido encontrar cosas que me llenaban el alma, aunque no el bolsillo. Esos meses conocí a una chica a la que bauticé como mi gemelómana -sigo adorándola, ella todavía sigue en mi vida-. Ese día acabamos en Razzmatazz, había concierto de Citizens! y estaba muy de moda eso del “True Romance”. Después del bolo y de unas cuantas copas me quedé fuera de juego, me aburría. En la barra vi a un chico alto, moreno, con el pelo oscuro y enroscado. Decidí que iba a entretenerme con él. Me acerqué y le dije: “me aburro, me podías invitar a algo”. No recuerdo que canción sonaba, lo que si sé es que me hizo caso y me lo quedé para mí, para los días y las noches que vendrían a continuación.

Desde un momento inicial, empezamos a acomodar nuestras agendas y podemos decir que se mudó a mi piso. Mis planes giraban en torno a él, y los suyos hacían lo mismo conmigo. Estábamos sorprendentemente juntos, ahora sé que demasiado. Ese primer domingo que se despertó en mi casa lo acompañé al metro, nos tomamos una cerveza y decidió que era mucho mejor quedarse conmigo, preparar algo de comer y pasar más rato juntos. Mientras yo le miraba, hacía el risotto más bueno que he probado en mi vida (ayudó el hecho de que fuera cocinero). Era un domingo astromántico, era un domingo de puta madre.

Entonces bajé la guardia, me quede desnuda en todos los sentidos y se me metió en mi piel para quedarse. Parecía que ambos íbamos al mismo ritmo, y yo, que me emociono con poco, pregunté a mis personas más cercanas qué opinaban de todo aquello. Suelo pedir opiniones, puede que sea un defecto, pero lo hago, por el tema de la objetividad. Todos coincidían, estábamos monísimos y daba gusto vernos, ya está.

Soy muy de perder el culo, de cuidar un montón a la gente y de querer que se sientan especiales. En las siguientes semanas fuimos a tatuarnos, cada uno una cosa diferente, nada relacionado con el otro, pero fuimos juntos y la mitad de veces que me miro el dedo (que es donde tengo el tatuaje) me acuerdo de él.

Parecía que este era el bueno, pero se jodió, se fue a la mierda y no entraré en más detalles. Tuve que soportar su huida, el luz de gas más doloroso que he vivido nunca. Sin explicaciones, sin motivos, ADIÓS.

Vuelta a empezar, a reconstruir músculos y a deshabituarme de aquel que vino del mar. El tiempo que estuvimos juntos por las mañanas me despertaba con palabras en francés, no es mi idioma favorito, pero en sus labios me encantaba. Me contaba cosas que afirmaba no haberle explicado a nadie, confiaba en mí. Descubrí Cadaqués con sus historias, no llegamos a pisarlo juntos, pero conseguía transportarme allí con cada uno de sus recuerdos. La tramontana lo educó para que yo me encariñase con él, para que lo quisiera a mi lado cada instante.

Me enseñaba sus rincones, quería que fuesen nuestros. Rincones que más tarde comprobé que regalaba a otras personas. Al principio me lo tomé muy a la tremenda, sobre todo porque no entendía nada en absoluto. Poco a poco se me fue pasando la movida. Fue como un cristal roto en mi habitación, cada día encontraba un trocito diminuto (o grandecito) que me recordaba a él.

A pesar de que una voz interior me advirtió de todo esto, yo no la escuché. Es curioso cuando tenemos algo muy muy claro, pero al final actuamos en la dirección contraria. No siempre podemos luchar contra ello, al final acaba siendo lo que tiene que ser, como todo en esta vida. Es la fuerza que te lleva que te impulsa y que te llena, que te arrastra y que te acerca a Dios, como diría Alejandro Sanz en un pasado lejano.

Así que no vayáis a contracorriente, yo no quería caer, intenté nadar y me ahogué. Me aburrí en Razzmatazz y pagué las consecuencias. La verdad es que él me avisó: “te va a salir cara la copa”. Y así fue. Después de todo, me quedo con su manía de cogerme de la mano, con las mejores cenas caseras que he probado jamás y con ponerme de puntillas para poder besarle. Me guardo sus lunares en mi cabeza, a modo de constelación. Un día esta intensidad acabará conmigo, aunque ya no puedo pertenecer al Club de los 27.

Parece que en ocasiones la gente no quiere irse, quiere que su huella se recuerde. A veces me stalkea, deja constancia de ello y vuelve a desaparecer, como un fantasma. Él no lo sabe, pero yo tengo el eco de ese “Bonjour mon amour, déjà réveillé le soleil” metido en la cabeza, para siempre supongo.